Primera lectura | Del libro del Deuteronomio 18, 15-20
En aquellos días, habló Moisés al pueblo, diciendo: “El Señor Dios hará surgir en medio de ustedes, entre sus hermanos, un profeta como yo. A él lo escucharán”.
“Eso es lo que pidieron al Señor, su Dios, cuando estaban reunidos en el monte Horeb: 'No queremos volver a oír la voz del Señor nuestro Dios, ni volver a ver otra vez ese gran fuego; pues no queremos morir'.
“El Señor me respondió: 'Está bien lo que han dicho. Yo haré surgir en medio de sus hermanos un profeta como tú. Pondré mis palabras en su boca y él dirá lo que le mande yo. A quien no escuche las palabras que él pronuncie en mi nombre, yo le pediré cuentas. Pero el profeta que se atreva a decir en mi nombre lo que yo no le haya mandado, o hable en nombre de otros dioses, será reo de muerte'”.
Comentario
En este capítulo se habla primero del sacerdocio (v 1-8), después del profetismo (v 9-22). Reprobaba la pretensión “religiosa” de investigar la voluntad divina, es decir, todo el arsenal de la mántica: adivinación, astrología, magia, espiritismo... (v9-12) y se ofrece a Israel la única posibilidad válida para cerciorarse de su comunión con Dios: el profetismo (v 15-19).
Si la mántica es el intento humano de hacerse con la ciencia y el poder divino, el profetismo está al servicio de la Palabra de Dios que hace la Historia y la interpreta. El rechazo de la superstición y la opción por la profecía es el resultado de una larga historia en la que Israel va cobrando conciencia de su especialísima relación con Yahvé. Y es a partir de esta experiencia del pueblo de Dios, y no a partir de las ideas, como descubre Israel las normas de comportamiento religioso. Yahvé, el Dios vivo, Dios de la Alianza, exige a Israel fidelidad, una devoción indivisa.
Ésta es la razón por la que, al establecerse en Canaán, debe evitar cualquier participación en las prácticas supersticiosas de los pueblos conquistados. La Palabra de Dios proclamada por los profetas es el único medio que constituye al pueblo en responsabilidad delante de Dios. No es Dios el que cae en las manos del hombre, sino el hombre, el pueblo, el que debe ponerse en las manos de Dios obedeciendo la palabra que Dios pronuncia por sus profetas. En este contexto “un profeta como Moisés” no parece referirse a una persona física sino más bien a la institución profética. Sin embargo, es cierto que el judaísmo tardío interpretó estas palabras refiriéndolas al Mesías y que también en el Nuevo Testamento se supone tal interpretación (confrontar Jn 6,14; 7, 40; Act 3, 22; 7, 37). Lo cual no carece de fundamento ya que el Mesías esperado es la plenitud escatológica de todo profetismo.
Sea lo que fuere de esta cuestión, hay que decir que un profeta “como Moisés” es un profeta que intercede, sufre y muere por el pueblo; es un profeta que se parece mucho al Siervo de Yahvé del Deutero Isaías. La legitimación del profetismo se hace interpretando la tradición del Sinaí: Israel pidió entonces verse libre de escuchar inmediatamente la voz de Dios y que fuera Moisés el mediador entre Dios y el pueblo. Y Yahvé escuchó los ruegos del pueblo. Así fue instituido el ministerio profético (cfr Dt 5, 24 ss; Ex 20, 19 ss). En los tiempos en que apareció el Deuteronomio, Israel había tenido ya algunas experiencias desagradables con los falsos profetas. Por eso se urge la obediencia del pueblo a la voz de los profetas, pero se amenaza a éstos con la pena de muerte si tienen la audacia de decir en nombre de Dios lo que Dios no les ha dicho.
Segunda lectura | De la primera carta de San Pablo a los corintios 7, 32-35
Hermanos: Yo quisiera que ustedes vivieran sin preocupaciones. El hombre soltero se preocupa de las cosas del Señor y de cómo agradarle; en cambio, el hombre casado se preocupa de las cosas de esta vida y de cómo agradarle a su esposa, y por eso tiene dividido el corazón.
En la misma forma, la mujer que ya no tiene marido y la soltera se preocupan de las cosas del Señor y se pueden dedicar a él en cuerpo y alma. Por el contrario, la mujer casada se preocupa de las cosas de esta vida y de cómo agradarle a su esposo.
Les digo todo esto para bien de ustedes. Se los digo, no para ponerles una trampa, sino para que puedan vivir constantemente y sin distracciones en presencia del Señor, tal como conviene.
Comentario
San Pablo ilumina los diferentes estados y situaciones humanas en el mundo bajo la luz de la esperanza cristiana en la inminente venida del Señor. Se ha referido ya a los viudos y solteros (v 8) y les ha recomendado que, siguiendo su propio ejemplo, no se casen; pero no les ha impuesto ningún precepto y ha respetado su libertad. Ahora, siempre en la misma perspectiva escatológica, va a referirse a las vírgenes, es decir, a las jóvenes casaderas que aún no han contraído matrimonio.
Según parece, la comunidad de Corinto estaba dividida también en este punto en bandos opuestos. La expectación de la parusía conmueve el estilo acostumbrado de la vida y hay quien piensa que no es tiempo ya de casarse. Pablo confiesa que no tiene al respecto ningún precepto del Señor, pero que sí puede darles un consejo digno de crédito “por la misericordia de Dios”.
En atención a la premura del tiempo, sabiendo que “la figura de este mundo pasa” y “a causa de la inminente necesidad”, Pablo dice que “lo conveniente es que cada uno se quede como está”, es decir, que los casados no busquen la separación y los solteros, el matrimonio. Pues en estas circunstancias lo único verdaderamente necesario es mantener una libertad por encima de todos los estados y situaciones concretas de este mundo y dedicarse por entero al asunto del Señor que viene. Ahora bien, los célibes tienen una ventaja respecto a los casados. Mientras los casados están atados a su cónyuge y a las cosas de este mundo y andan así divididos por muchos cuidados, debemos suponer que los célibes están más disponibles para preocuparse tan sólo de los asuntos del Señor. Por lo tanto, Pablo secunda la opinión de aquéllos que prefieren la virginidad al matrimonio. Pero esto sólo en atención a la inminente parusía y como posibilidad de una mayor entrega a los asuntos del Señor. Por supuesto, Pablo no estima en nada una soltería fundada en el egoísmo; para él la virginidad es un carisma, un don de Dios que debe acreditarse por la plena dedicación a Cristo y a la comunidad. Si tal estado llegara a ser una preocupación que absorbiera casi todas las energías espirituales para mantenerse a sí mismo, ya no tendría razón de ser y sería más conveniente casarse. Tampoco tiene sentido liberarse de las ataduras matrimoniales y casarse con los poderes y las estructuras de este mundo que pasa.
Evangelio | Según San Marcos 1, 21-28
En aquel tiempo, se hallaba Jesús en Cafarnaum y el sábado fue a la sinagoga y se puso a enseñar. Los oyentes quedaron asombrados de sus palabras, pues enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas.
Había en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu inmundo, que se puso a gritar: “¿Qué quieres tú con nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios”. Jesús le ordenó: “¡Cállate y sal de él!”. El espíritu inmundo, sacudiendo al hombre con violencia y dando un alarido, salió de él.
Todos quedaron estupefactos y se preguntaban: “¿Qué es esto? ¿Qué nueva doctrina es ésta? Este hombre tiene autoridad para mandar hasta a los espíritus inmundos y lo obedecen”. Y muy pronto se extendió su fama por toda Galilea.
Comentario
Jesús habla en la sinagoga de Cafarnaum. Todos tenían derecho a tomar la palabra una vez escuchada la lección de la Escritura, no sólo los escribas sino también los laicos. Jesús no es un escriba, un clérigo o un hombre de estudios. Los escribas, más juristas que teólogos, interpretaban los mandamientos y exponían las verdades de la Escritura, teniendo mucho cuidado en no arriesgar ninguna sentencia u opinión que no estuviera avalada por los textos sagrados y por la enseñanza de los más acreditados maestros. Jesús, en cambio, habla como quien tiene autoridad, consciente de ser aquél por quien y en quien toda la Escritura tiene sentido y alcanza su plena realización: el Hijo a quien el Padre “le ha entregado todas las cosas” (Mt 11, 27). Por eso su palabra es poderosa para ordenar a los demonios y someterlos, para perdonar los pecados que sólo Dios puede perdonar, para curar los enfermos y resucitar a los muertos. Jesús habla siempre con esa autoridad y dispone de la Ley: “Habéis oído que se dijo.., pero yo os digo...”. Jesús es la Verdad, todas sus palabras son autorizadas porque vienen de la Verdad.
Según la concepción religiosa popular, el conocimiento del nombre y su pronunciación ejercía un dominio sobre la persona que lo llevaba. Parece que esta concepción mágica del nombre subyace en nuestro texto en el que la autoridad de Jesús se opone al poder de los demonios, es decir, la Verdad a la Mentira.
Jesús no rechaza el título de “Santo de Dios”, pero impone silencio porque no ha llegado el momento de manifestarse públicamente como Mesías y porque no admite sobre él ninguna influencia. El nombre de Jesús sólo deben pronunciarlo los que reconocen su autoridad y la confiesan en la obediencia de la fe.
La curación del poseso confirma y realiza la palabra que Jesús pronuncia con autoridad. San Marcos tiene especial interés en subrayar la victoria de Jesús sobre los demonios, pues ve en ello una señal del adviento del Reino de Dios. Igual que en las tragedias antiguas, el coro del pueblo es el eco de los acontecimientos. Y la noticia corre, el Evangelio se hace pública voz y fama.— Presbítero Manuel Ceballos García.— Promotor Diocesano de la Pastoral Bíblica.— Mérida, enero 2012. notasarquidiocesis@gmail.com