¿Cómo se escucharían las vidas de 374 niños y jóvenes transformadas por la música en un año? Antes había sonidos que nunca habían escuchado. Antes, un niño dice que se la pasaba en la calle sin hacer nada y ahora sabe que quiere ser músico. Antes, una niña soñaba con ser cantante y ahora confiesa mientra sonríe: “Ya sé qué se siente cantar”.
Cuando los 374 niños y jóvenes del Programa Musical Esperanza Azteca llenaron de colores el escenario del Auditorio Nacional, anteanoche (de amarillo, las cuerdas; de verde, los metales; de rojo, las percusiones, y de azul, los integrantes del coro) estábamos tan expectantes como ellos hace un año. Ni siquiera sabíamos quiénes eran los niños y jóvenes yucatecos o cuántos, o qué instrumentos tocaban, o si sus vidas tampoco tenían sentido antes de empezar a tocar.
La Gala de la Orquesta Sinfónica Esperanza Azteca Nacional estaba integrada por niños y jóvenes de las 52 orquestas y coros en formación, de 29 estados, incluyendo Yucatán.
Algunos tal vez nunca antes habían salido de sus comunidades, nunca subido a un avión, nunca estado en el D.F., y nunca tocado en el Auditorio Nacional ante más de 9 mil personas... la música seguía transformando sus vidas.
Le echamos un vistazo a la selección de obras de la Gala de la Orquesta Sinfónica Esperanza Azteca Nacional: un conjunto de piezas elegidas para emocionar, para ser reconocidas por cualquier público, fáciles de seguir con el pulso, piezas para alegrar el espíritu. Pero también piezas para satisfacer y animar a inversionistas, gobernadores, padres de familia y melómanos, para que los propios niños y jóvenes de la orquesta disfrutaran y se convencieran, de una vez por todas y para siempre, que ellos, unos niños cualquiera, incluso de las comunidades más alejadas y pobres de México, ellos, que empezaron a tocar el violín con una caja de cereal, para acostumbrarse a sus dimensiones, podían ser como esos músicos que a veces vemos como dioses o seres sobrenaturales.
La Quinta Sinfonía de Beethoven abrió la gala. Los niños se notaban nerviosos, tensos… y se reflejó en ritmo y afinación. La segunda obra del programa, la obertura de “La flauta mágica” de Mozart, corrió con mejor suerte… la orquesta empezaba a calentar motores.
Pero fue hasta la tercera pieza, las “Danzas polovetzianas” de Borodin, que los niños empezaron a “hacer música”. El coro tarareó la letra, escrita en ruso, entonando sólo la “a”. Luego veríamos con la versión coral de “Les voici” de “Carmen” que no se trató de un problema de dicción; que estos niños, como muchos otros, sobre todo si se les empieza a enseñar cuando no saben nada de sostenidos ni bemoles, son capaces de tocar y cantar lo que sea, en cualquier idioma, y que tal vez la sustitución del ruso por sólo una letra fue con fines colorísticos. Y fue acertada: las voces infantiles —blancas, cristalinas y puras como son— se fundieron con los instrumentos en una suerte de ejercicio vocal, creando un lirismo que nos sorprendió.
El concierto empezaba a dar un giro de 180 grados. “Les voici” fue la locura. El coro lució el logrado equilibro de sopranos y tenores, y “el toreador” salía por la puerta grande y en hombros.
El director, Julio Saldaña, estaba orgulloso y se engolosinó con los “bravos”. Se brincó el Malambo de “Estancia” de Ginastera y anticipó el número que le seguía, el Huapango, de Moncayo, ése que llaman el “segundo himno nacional mexicano”. Tras el Malambo vino un grandioso cierre: cuatro números de “Carmina Burana” (I, XIV, XXIV y XXV) que hicieron que el público se desmoronara en aplausos. Y el director, que será todo menos serio, que anteanoche se despeinaba caricaturescamente con cada sacudida de batuta, les guiñaba el ojo a los niños y le sacaba la lengua al público si aplaudía entre números.
Y sí, al final todo mundo pidió “otra...”. Y el director, que es todo menos serio, se puso menos serio todavía: se disfrazó de rumbero y con toda la orquesta vestida de carnaval regaló un popurrí de mambos de Pérez Prado. Y dos jovencitas salieron a hacer rutinas de baile, y como en las orquestas juveniles venezolanas todos empezaron a girar sus instrumentos, a levantarse de sus asientos, a contar del uno al ocho... Y cuando menos lo esperábamos nos cayó encima una lluvia de papelitos de colores. Y la felicidad.
¿Y cómo suenan 374 niños y jóvenes que han ensayado cuatro horas diarias durante un año? A que se toman la música muy en serio. A que la juventud, ésa tan ninguneada a veces por nosotros los adultos, sí tiene sentido.— Patricia Garma Montes de Oca (pgarma @megamedia.com.mx).