El ex embajador de Estados Unidos en México Carlos Pascual (derecha) acompaña al presidente Barack Obama

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MÉXICO (Por Damien Cave y Ginger Thompson, de The New York Times).- Carlos Pascual, el embajador estadounidense que renunció la semana pasada, confiaba en soportar la fiera tormenta que desató la revelación de los cables diplomáticos en los que criticaba el combate de México al crimen organizado.
A decir de todos, en sus dos años aquí había sido proactivo y comprometido, promoviendo reformas institucionales, reuniéndose con alcaldes de ciudades violentas y soslayando lo que veía como trabas burocráticas.
Sin embargo, es precisamente ese enfoque activista el que irritó tanto al presidente Felipe Calderón, según afirmaron funcionarios mexicanos y estadounidenses, los cuales señalan que la disputa marca una división entre los países sobre el papel de un embajador estadounidense.
En forma más amplia, la renuncia de Pascual suscita interrogantes sobre la creciente cooperación entre los países en la guerra contra las organizaciones del narcotráfico. ¿Ha generado una "nueva era de respeto" -como afirmó el mes pasado el presidente Barack Obama luego de reunirse con Calderón-, o un resurgimiento de la desconfianza?
La respuesta según los expertos, quizá sea un poco de cada cosa. En general los diplomáticos estadounidenses están convencidos de que Pascual tuvo un desempeño apropiado, y lo consideran un administrador capaz que llegó a México en 2009 para encarar retos y una apertura histórica. La decisión de Calderón de combatir directamente a los carteles de la droga generó una poco frecuente solicitud de ayuda a EE.UU., y la respuesta estadounidense -la Iniciativa Mérida, de 1,600 millones de dólares- comenzaba a entrar a una fase de reforma institucional y cooperación cuando Pascual llegó al país.
En forma ágil creó un marco de trabajo para estrechar las relaciones, aplicando algunas de las ideas que ha escrito en la Brookings Institution. Estableció una serie de reuniones bilaterales de trabajo conjuntas, que culminaron el año pasado en una cita en esta ciudad que incluyó a los titulares de prácticamente todos los organismos encargados de procuración de justicia de México y EE.UU.
Washington estaba a gusto. "Por lo que puedo decir, el embajador estaba haciendo un buen trabajo", afirmó el diputado texano Henry Cuéllar.
Intercambio de llamadas
Funcionarios de ambas naciones señalan que ahora intercambian a diario cientos, si no miles, de llamadas entre contrapartes de los dos países, y las extradiciones van en aumento.
El año pasado el gobierno mexicano envió a EE.UU. a 96 delincuentes y en 2009 fueron 107, comparado con 15 o 20 cada año en la década de los años 1990.
Un funcionario del departamento de Estado comentó que Pascual intentó tener en cuenta la sensibilidad mexicano respecto a su soberanía. En esta embajada, palabras como "asistencia" y "ayuda", fueron sustituidas por "corresponsabilidad" y "asociación".
Sin embargo, no se quedó callado cuando el gobierno mexicano se resistió a tomar acciones que él consideró claves. En efecto, en el despacho diplomático que generó más críticas en este país Pascual enjuiciaba la actitud del Ejército mexicano.
Tema: Gobierno Federal