NUEVA YORK (Por Natalie Angier, para The New York Times International Weekly).- El prolongado romance de los humanos con los animales es complejo y caprichoso. Los animales son nuestros mejores amigos y compañeros sentimentales, y también nuestros experimentos de laboratorio y nuestra cena.
Amamos a los animales, pero cada año le aplicamos la eutanasia a millones de gatos y perros abandonados. Gastamos miles de millones de dólares cada año en nuestras mascotas, y millones más en causas a favor de los animales, pero eso palidece en comparación con los cientos de miles de millones gastados en comida y caza, y las decenas de millones invertidos en eliminar o erradicar animales que consideramos pestes.
"Somos muy especiales en cuanto a los animales que queremos, y aún a esos que adoptamos están a nuestra disposición y sujetos a todo tipo de crueldades", afirmó Alexandra Horowitz, profesora de psicología del Barnard College en esta ciudad. La autora de "Dentro de un perro", y otros investigadores examinan con atención el lazo humano-animal, búsqueda conocida como antrozoología.
Los científicos ven en nuestro amor por otros animales algunas claves de los aspectos más esenciales de la humanidad. También consideran el amor hacia los animales como un caso clásico de biología y cultura operando en complicidad.
"Los animales con ciclos de vida transformativos, como el oso, a menudo juegan papeles protagónicos en la imaginación humana", escribe David Aftandilian, antropólogo de la Universidad Cristiana de Texas.
También creaturas como los murciélagos y los gatos, que son en gran parte nocturnos pero aún así parte de nuestras vidas diurnas. Los investigadores rastrean los orígenes del amor a los animales en la capacidad humana única de inferir el estado mental de otros. Con esta características, nuestros antepasados lograron no sólo intercambios sociales cada vez más sofisticados, sino también anticipar y manipular otras especies, al imaginarse a dónde se podrían dirigir los animales de caza, o poniendo cebos para cazarlos.