Ese aforismo jurídico se me acaba de ocurrir ahora mismo.
La actual legislación electoral ha terminado por ser objeto de irrisión para los partidos, y aun para los mismos ciudadanos.
Yo, por ejemplo, cuando voy en mi automóvil por las calles de Monterrey casi en cada esquina me tapo los ojos. Sucede que en la capital nuevoleonesa hay numerosos anuncios espectaculares, puestos ahí por el Partido (es un decir) del Trabajo (es otro decir), anuncios en los cuales se hace abierta propaganda en favor de Andrés Manuel López Obrador, a quien se presenta como próximo Presidente de México.
Cada espectacular incluye una advertencia legal escrita en letras chicas: "Dirigido a los organismos nacionales, militantes y simpatizantes del PT".
Yo no soy simpatizante, militante, ni menos aún organismo nacional de ese llamado partido. Se supone, entonces, que el resto de los millones de habitantes de la ciudad y zona conurbada no deben ver el tal anuncio, en los términos de la legislación electoral. Nada más los petistas lo pueden contemplar, aunque los anuncios estén en todas partes y midan 15 metros de largo por 10 de alto.