Es importante recobrar la flexibilidad del cuerpo para poder liberar la rigidez del alma -C. G. Vallés
En una de mis lecturas elegidas para estas vacaciones de primavera nada mejor que un libro de descanso no sólo por el tiempo invertido físicamente, mientras el texto es hojeado en sus páginas, sino por lo que a nivel espiritual y emocional ha significado. Además, también, de repasar, volver a entender y atender mi propia experiencia con los sentidos, su valor como parte fundamental de nuestro cuerpo y lo importantes que son para el ser humano.
Este pequeño libro es una especie de crónica y al mismo tiempo un manifiesto escrito por el teólogo jesuita Carlos G. Vallés que, además de compartirnos los hallazgos de sus viajes por Oriente y algunas ciudades de Europa, también nos da una serie de ejemplos que refuerzan sus comentarios.
Habiendo sido los sentidos, clasificados por Aristóteles como cinco para el mundo occidental (gusto, tacto, vista, olfato y oído), los sentidos, como dice Vallés, parecen ser más si los vemos en su extensión, variedad de posibilidades y sensación. La vista, por ejemplo, no es sólo la posibilidad de ver, sino la capacidad de este sentido en su espacialidad, la distancia, el movimiento y el color. En el sentido del gusto, la variedad también es significativa: hay que distinguir y separar en él la suavidad, el sabor, la temperatura, el hambre o el hartazgo.
Los sentidos son nuestros mejores amigos a la hora de sentirnos bien, o los peores enemigos en horas en que la pasamos mal, en que nada nos satisface o nos complace.
"Ver, oír, sentir, gustar son los grandes lujos de la vida -dice Vallés-, las grandes fiestas y las mejores vacaciones". De tal manera que todo cuanto se active en nuestro cuerpo a través de los sentidos, fomentará nuestra salud y bienestar. Son estas sensaciones las que nos protegen, nos informan, nos complacen y nos alivian.
A veces no hay como un buen baño de agua tibia o fría para descansar o recuperar energías. El placer de sentir un aroma o mirar el mar o una montaña revitaliza nuestro entusiasmo. Basta con que dejemos que nuestros sentidos se abran o nos comuniquen, para que nuestro cuerpo entre en armonía con lo que se mira, se oye, se huele o se percibe.
La crítica del texto hacia los hombres modernos es por su incapacidad cada vez más creciente en el uso común de sus sentidos.
Los hombres que viven en las ciudades modernas se han deshabituado al uso ideal de su cuerpo, al placer y necesidad de un mejor uso de sus capacidades naturales: el olfato, la vista, el oído. Queremos hacer todo razonando, pensando pero no sintiendo.
"Se trata de saber ver lo que se tiene delante de los ojos -dice Vallés-, ya sea por primera o por enésima vez, sin perder nunca la capacidad de admiración, de sorpresa y de gozo". Se trata de encontrarnos a nosotros mismos a través de los sentidos, a diario, en el ejercicio cotidiano de nuestra vida, en la ciudad y no en lo que inútilmente buscamos fuera de ella en una temporada vacacional. Sólo en ello -dice Vallés- "radicará el verdadero descanso, la salud y la integridad de la vida". De otro modo, sin el uso correcto y natural de nuestros sentidos, la vida perderá sentido.- Mérida, Yucatán.
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*) Docente del Centro de Educación Artística (Cedart) Mérida